Matad a la criada

Es insatisfactorio el final de la primera temporada de The Handmaid’s Tale? Ciertamente. El espectador pide respuestas y la serie no se las da. ¿Es un mal final? No, en absoluto. Con los finales abiertos siempre hay discusión. Yo lo tengo claro: dejar al espectador frente a una pregunta es lícito. Margaret Atwood termina su obra literaria así, con una interrogación pertinente. Sin embargo la adaptación de su novela continua más allá, libre ya de la correa de la novelista canadiense. Y, siguiendo con la metáfora canina, sintiéndose libre, echa a correr sin control y se pierde. La serie de Bruce Miller para Hulu (En España en HBO) no es consciente de que no sabe circular sola por su propio mundo y se extravía en su mal entendida libertad. No se libera, se desorienta. No se expande, se diluye. La correa de Atwood era un seguro.

La segunda temporada de The Handmaid’s Tale abrió nuevos caminos y exploró nuevos personajes, pero cometió un error importante: mantener con vida a su protagonista. En la tercera este error continúa. Que Offred siga viva es, por muchas excusas que nos den, una aberración narrativa y un insulto al brutal universo que la serie plantea. Offred ha pasado de ser un peón más a ser una especie de santa intocable. En su precariedad como personaje radicaba una de las grandezas de la serie: ¿quién te dice que tras cada criada de Gilead, anónima y sin voz en la serie, hay otra mujer intentando revelarse? Que June (como los personajes de Years and Years, por cierto) fuese un puro producto de la sociedad del bienestar era un acierto. Que la opresiva Gilead le dejase sin armas, una valiente propuesta de la siempre apocalíptica Atwood. La serie lo tomó como dogma y así logró una estupenda primera temporada. Luego, cuando sus guionistas cayeron en la tentación de explorar los fallos de Gilead, no calcularon bien los riesgos que eso tenía. La sociedad ficticia creada por Atwood era efectiva porque era sencilla, porque negaba los matices. Una Gilead que negociase sus normas a diario sería tremendamente inestable. Eso es justo lo que le ha ocurrido a The Handmaid’s Tale: ha creído que la correa con la que la paseaban era elástica y larga, en vez de corta y acorazada. Si algo hizo bien esta serie fue vendernos que sin Offred la vida seguiría, la serie seguiría, la lucha seguiría. 

Hay otra gran tentación para los productores de The Handmaid’s Tale: la de contar indefinidamente con los servicios actorales de una superdotada como Elisabeth Moss. ¿Sería viable la serie sin el carisma de la Moss? Por supuesto que sí. Es más, la fuerza que ella le ha aportado probablemente no desaparecería nunca. Una de las cosas más dignas que nos puede ofrecer The Handmaid’s Tale es la muerte de su protagonista y su posterior sustitución. O no sustitución. Matar a Offred sería tan potente como banal y grosero está siendo mantenerla con vida. Nunca creí que su historia dejaría de interesarme. Nunca pensé que dejaría de creerme su siniestra mentira.

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