Las palabras cambian, por lo menos, tan rápido como la realidad. Al otro lado del mundo alguien se comió un pangolín al que había mordido un murciélago (presuntamente, pues nadie sabe todavía) y, meses después, en España habíamos recuperado el lenguaje bélico para plantar cara a la pandemia y a los muertos, con uniformes incluidos.

También nos hicimos expertos en epidemiología, con su maleta de tecnicismos (brote, rebrote, curva, propagación comunitaria, etcétera), y después, agotados ya los recursos existentes, nos dedicamos a inventar nombres y eufemismos para describir la normalidad rara (nueva) que nos encontramos tras el confinamiento. Pasa siempre: toda crisis trastoca el idioma, porque agita la vida y la imaginación. Nos repetimos como se repiten las catástrofes.

Por medialuz

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